
El amor que no olvida
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El amor que no olvida
En un pequeño pueblo donde el viento susurraba secretos entre los árboles, vivía Alma, una mujer que parecía llevar el tiempo en los ojos. Nadie sabía exactamente qué edad tenía, pero todos coincidían en algo: su mirada estaba llena de recuerdos que no se iban.
Cada tarde, Alma caminaba hasta la misma banca frente al río. Se sentaba, cerraba los ojos y sonreía levemente, como si alguien invisible se sentara a su lado. Los niños del pueblo decían que estaba loca. Los adultos, en cambio, evitaban preguntar.
Pero Mateo sí preguntó.
Mateo era nuevo en el pueblo. Había llegado huyendo de su propio pasado, buscando silencio. Un día, al verla otra vez en la banca, decidió acercarse.
—¿A quién esperas? —preguntó con suavidad.
Alma abrió los ojos, sorprendida por la voz, pero no molesta.
—No espero —respondió—. Recuerdo.
Mateo se sentó a su lado, intrigado.
—¿Y qué recuerdas todos los días?
Alma miró el río, donde la luz del atardecer dibujaba destellos dorados.
—Un amor que no olvida.
Y así comenzó la historia.
Hace muchos años, cuando el pueblo aún no tenía calles pavimentadas, Alma conoció a Tomás. Él no era del lugar; llegó con una mochila, una guitarra y una risa que parecía contagiar la vida. Se enamoraron como se enamoran quienes no tienen miedo: rápido, profundamente, sin condiciones.
Bailaban bajo la lluvia, cantaban en las noches sin luna y soñaban con viajar lejos, más allá de las montañas que rodeaban el pueblo.
Pero el mundo, como siempre, tenía otros planes.
Tomás tuvo que marcharse. Prometió volver en primavera. Alma creyó en cada palabra, en cada beso de despedida. Esperó… días, semanas, meses.
La primavera llegó. Y pasó.
Tomás nunca volvió.
Con el tiempo, llegaron noticias: un accidente, un camino que no terminó. La certeza cayó sobre Alma como una tormenta silenciosa.
Mateo escuchaba sin interrumpir, sintiendo cómo cada palabra pesaba.
—Entonces… ¿sigues esperando? —preguntó finalmente.
Alma negó con la cabeza, con una serenidad que no parecía triste.
—No. Amar no siempre significa esperar. A veces significa guardar. Recordar sin que duela, sin que se rompa.
—¿Y no has vuelto a amar?
Alma sonrió, esta vez mirando a Mateo.
—El amor verdadero no ocupa espacio. No impide que otros lleguen… pero tampoco se va.
El viento sopló más fuerte, como si quisiera llevarse las palabras, pero no pudo.
Mateo entendió algo ese día: hay amores que no terminan, aunque la historia sí. Amores que no se olvidan porque forman parte de quien eres.
Desde entonces, algunas tardes, Mateo se sentaba junto a Alma en la banca. No hablaban siempre. A veces solo miraban el río.
Y en ese silencio compartido, algo nuevo comenzaba a crecer.
Porque incluso el amor que no olvida… puede dar lugar a otro que aprende a quedarse.
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